A Coruña - Sergude

Albergue de Sergude


Hoy como ayer, el puerto de A Coruña es uno de los puntos de partida de aquellos que, con una motivación u otra, quieren hacer el Camino Inglés. Una ruta jacobea con dos posibles inicios, ya que también comienza en Ferrol; pero desde el punto de vista histórico fueron más, muchos más los que empezaron su andadura desde la ciudad que alberga el faro más antiguo del mundo que actualmente está en funcionamiento: la Torre de Hércules.
Este no fue nunca el inicio, el kilómetro cero, porque los peregrinos llegaban aquí tras un viaje por mar, casi siempre desde las costas inglesas y al poner pie en tierra, con las molestias propias de un viaje, que en ningún caso exigía menos de cinco días. Bien o mal, iban hasta la iglesia de Santiago en la “Cidade Vella”. Allí le daban gracias al santo por haber amarrado en puerto a salvo y comenzaban su caminata.
El caminante actual recorre una urbe con un gran ajetreo y con uno de los puertos más importantes del norte de España. La vieja rúa Real queda detrás y con el mar como compañero siempre a la izquierda, asciende al alto de Eirís, el camino tradicional de entrada y salida de la ciudad.
A continuación desciende y sal del municipio poniendo los pies en el de Culleredo, buscando Fonteculler como referencia, mientras el océano se va convirtiendo en ría cada vez más estrecha. Una ría que se bordea literalmente por una zona muy agradable y de relleno.
En el otro lado se va a distinguir una iglesia románica de bella factura, recuperada tras un voraz incendio a principios de siglo. Es la de Santiago y antes que la homónima de A Coruña cumplía una función idéntica. Y es que los peregrinos desembarcaban también en O Burgo, más protegido de los vientos y de las olas.
El templo de una sola nave contiene planta de cruz latina y tres ábsides románicos. Como en multitud de iglesias gallegas, la fachada fue remodelada en esa época de bienestar económico en todo el noroeste peninsular que fue el siglo XVIII. Osea, tiempos en los que se imponía el estilo barroco en edificios y altares.
Así el peregrino llega a un gran puente, rehabilitado de forma sobresaliente. Es el de O Burgo, de base medieval y que sufrió varias modificaciones con el paso del tiempo. Por cierto, los ingleses lo volaron para atrasar el avance de las tropas napoleónicas en tiempos de la Guerra de Independencia, que ocurrió en los primeros años del siglo XIX.
Pero el peregrino no lo cruza, va a ir por una zona de viviendas con algún jardín, zonas verdes y hasta huertas. Como referencia, a mano derecha va a dejar el aeropuerto de A Coruña, por supuesto, a una respetable distancia para luego bajar y cruzar una corriente de agua por un pequeño puente construido en la Edad Media llamado Ponte da Xira.
Más tarde el peregrino se encuentra con un crucero en ascenso que es corto pero fuerte, vecino de un noble edificio (la Casa de Atocha o Pazo da Igrexa, barroco del siglo XVII) y una hornacina con San Antón y la leyenda “Si buscas milagro mira. Ano 1815”. Todo esto es la antesala de uno de los pesos pesados del Camino Inglés: el conjunto histórico-artístico de Sigrás, municipio de Cambre, que suma a su valor intrínseco, el encontrarse en un entorno que llama al descanso y al relax.

Hospital de Peregrinos


Ahí está, en efecto y a poco menos de 60 kilómetros de Compostela, el crucero, el gran pozo y la iglesia de Santiago el Mayor, inequívocamente románica del siglo XII (nave y buena parte del ábside) y un edificio de grandes volúmenes que es la rectoral. Pero antes, mucho antes, fue un hospital de peregrinos, el único de todo el Camino Inglés que se conserva en pie y que pide a día de hoy un estudio documentado puesto que todo apunta -la tradición oral también- que era el lugar donde los que desembarcaban en Coruña pasaban su primera o segunda noche (dependía de la hora de arribada).
El lugar en ningún caso, reclama menos de 15 o 20 minutos y no solo por su foto sino por la magia del enclave, al que ayuda la portada gótica de la fachada sur (siglo XV) y la fachada (siglo XVII), esta última, un auténtico catálogo de elementos barrocos, neoclásicos y renacentistas.
El peregrino tiene ante si una zona prácticamente llana. A continuación de un corto y precioso tramo de tierra (marco 68,485) emprende por acera otro de 700 metros y llega a Anceis. Espera a continuación la plaza de San Marcos, con agua potable, un banco que se agradece, un crucero y un marco Xacobeo. Continuando el recorrido y sin problema alguno de señalización, más tierra bajo los pies.
A los 300 metros queda el área recreativa de A Lameira, con agua potable y cuatro mesas, próxima a una carretera (identificada como CP-2103) que se debe seguir por la izquierda. Son 1.100 metros que reclaman y exigen precaución, puesto que es una vía ancha aunque el tráfico es escaso.
Una vez recorrida esa distancia, el peregrino se encuentra a las puertas del albergue de Sergude. Y es que desde hacía ya un rato, está pisando el municipio de Carral.

Sergude - Hospital de Bruma

Albergue de Bruma


El peregrino que partió del puerto de A Coruña acomete la segunda etapa. Saldrá del albergue de Sergude (municipio de Carral) y llegará al de Bruma (municipio de Mesía). Una etapa que no es difícil, pero que está caracterizada por una subida muy larga y muy sostenida. No se acometen enormes rampas que exijan un gran esfuerzo, pero tampoco hay terreno llano. El cual tiene, entre otras ventajas, que la panorámica del paisaje se va a ir ampliando.
El caminante empieza la jornada descendiendo un kilómetro medido generosamente. Pisó el asfalto, que ahora va a dejar desviándose a la derecha por un camino ancho y en principio paralelo a un río que pronto va a olvidar, ya que sube. Va a penetrar en un bosque mixto de robles autóctonos y eucaliptos de repoblación. Otro kilómetro más y cruza una carretera ancha en Bailía. A los 200 metros se sigue pisando tierra, ahora en descenso con la compañía de más eucaliptos, hasta llegar a la aldea entrañable capilla de San Xoán, con un escudo heráldico en su sencilla fachada.
Si continúas más adelante, se levanta el Pazo de Barral, un elegante edificio de la primera mitad del siglo XVI. En el se hospedó el rey Felipe II cuando el calendario marcaba el año 1554. El monarca iba dirección a A Coruña para embarcar rumbo a Inglaterra. En la fachada del pazo, dos escudos con una leyenda, que recoge precisamente esa estancia real, llaman la atención del visitante. De todas formas, no es en absoluto mala idea hacer una pequeña parada a la altura de la capilla de San Xoán, puesto que esperan 3,3 kilómetros con pendiente ascendente. Cierto es, que a los 2,7 kilómetros hay un pequeño descanso. Osea, que la carretera es, a partir de ahí llana, pero es una pequeña ilusión. En conclusión, lo recomendable es subir todo de seguido aunque sea con paso lento.

Capilla de San Juan


Eso si, en ningún momento el camino es estrecho o incómodo. Y, también hay que decirlo, un largo tramo en soledad, primero entre árboles, luego, a medida que se toma altura, a campo descubierto. El peregrino se acerca a una cima y penetra en un espacio de enormes dimensiones con alguna granja abandonada. Una postal curiosa, desde luego, no habitual en Galicia y que en cualquier caso da la impresión de que quien forma parte de ella se encuentra muy alejado de los centros urbanos. Seguimos caminando con algún cruce a izquierda y derecha, sin vegetación en ninguno de los dos lados, pero la opción correcta, en cualquier caso, es continuar de frente. El simple uso del camino también ayuda a esa orientación elemental.
A 5,9 kilómetros de la capilla de San Xoán, ya acabada la subida de la jornada, se alcanzan las casas de As Travesas. Esa carretera es la que procede de Betanzos y se dirige a Santiago. El asfalto, al principio, tiene un arcén ancho que da cierta seguridad para transitar. Luego, caminando por la izquierda y marchando en paralelo a esa carretera en algunos tramos (en este último caso por un sendero), hay un lugar en el cual la señalización (marco y flecha amarilla) invita a girar en ángulo recto a la izquierda y penetrar por una pista de tierra. Atención: en ese mismo lugar fue pintada una flecha que sugiere continuar por la carretera, ancha y ciertamente incómoda. Además de que ese non es el itinerario oficial sino simplemente eso, la carretera tampoco llevaría al Hospital de Bruma.
Conclusión: obviar esa segunda flecha amarilla. El siguiente marco tiene la concha jacobea por una banda y por otro lado, algo realmente raro. Y es que en ese punto exacto donde se une esta rama del Camino Inglés, procedente de A Coruña, con la que empieza en Ferrol.
Así pues, el peregrino acomete el último tramo, una pista relativamente larga por el medio de un bosque muy grato de cruzar, con curvas que le dan un mayor encanto. Procede salvar dos pequeños arroyos, sin dificultad ninguna aunque lleve mucha agua -algo habitual en Galicia fuera del verano- puesto que se construyó un paso elevado que facilita el tránsito. Eso si, son dos enclaves tan sencillos como bonitos.
Trescientos metros después del segundo arroyo (a la misma distancia que se aleja otro) comienza el asfalto, que ya no se va a dejar hasta llegar al histórico albergue, diez minutos escasos. Un albergue público, por cierto, cuya estética elogian todos los peregrinos.

Ferrol - Neda

Albergue de Neda


El Camino Inglés es bicéfalo. Y uno de sus puntos de partida es la ciudad de Ferrol, situada al fondo de la ría a la que le presta el nombre y que, con sus castillos a uno y al otro margen de la bocana, fue históricamente una de las más protegidas. A este puerto, entonces una simple aldea de pescadores, llegaban los barcos procedentes de Inglaterra y, en mucha menor medida, de otros lugares del norte de Europa. Y para ellos, en Ferrol existía un hospital bajo la advocación de Espíritu Santo.
Actualmente, el Camino Inglés parte del muelle de Curuxeiras, un lugar lleno de vida pegado al barrio que fue de pescadores y que se llama Ferrol Vello. Y es, en efecto, un conjunto de viejas casas que dan acceso a una calle con viviendas y que merecen un vistazo: sus galerías no nos ciegan por su grandeza, pero si por su elegancia. Esa calle es la primera cuesta que tiene que emprender el peregrino, la cual acaba ante una iglesia de gran porte con una enorme y sobria fachada: la de San Francisco.
El Camino va a seguir por el Ferrol clásico, el barrio de la Magdalena, construido para albergar a los funcionarios y militares que se instalaron cuando esta vieja localidad de pescadores se amplió con escuadra y cartabón con el único fin de alojarlos: nacían así sus famosos astilleros; el calendario marcaba la mitad del siglo XVIII. Y de ese modo, el caminante llega al Cantón de Molíns, una zona de descanso con multitud de bancos, aunque se lleva tan poco tramo en las piernas que es difícil que se necesite un descanso, ni siquiera sabiendo que espera una ligera y prolongada cuesta buscando ya la salida de la ciudad, que le lleva a un barrio periférico: el de Caranza.
Caranza es un sitio curioso, una península más o menos redondeada llena de edificios altos. Hasta mediados del siglo XX era una zona rural famosa porque en sus aguas abundaban las parrochas y los calamares. Hasta hace poco pertenecía a otro ayuntamiento que se unió al de Ferrol.
El caminante va a ir por un paseo marítimo que rodea esa península, ancho y con gratas vistas a los astilleros y al otro margen de la ría, que en los alrededores se conoce como “a outra banda”. Así se va a encontrar con un hito que lo va a desviar a la derecha por la rúa Cartagena y, dejando el puerto a la misma mano, llegar a una iglesia con bancos e un pequeño parque.
El Camino Inglés tiene ahora como vecina una playa y gana de nuevo el paseo a 400 metros del templo, siguiendo por el paseo marítimo 700 metros más, ahí es cuando se encuentra con una rotonda. Y como siempre sucede en estos casos, la precaución siempre es bienvenida. Porque además se entra en un polígono industrial y comercial, el cual se evita de cierto modo puesto que el itinerario continúa prácticamente pegado al mar, con un suave ascenso y el posterior descenso, con bancos, dejando un pequeño puerto a la derecha y llegando a otra rotonda.
Camiño do Vilar y Camiño do Carro son microtopónimos que se va a encontrar el caminante poco antes de llegar, en suave descenso, ante el monasterio de San Martiño de Xubia, llamado también de O Couto, que da nombre a los pimientos. Ese si que es un peso pesado, no solo por su historia -fue incluso un cenobio dúplice, que acogió en tiempos medievales a religiosos y religiosas, comunidad que acabó siendo disuelta por razones fácilmente imaginables-, sino por su arte.

Mosteiro San Martiño de Xubia


Al traspasar su enrejado la vista no sabe donde ir. Empezando por la derecha, un busto que recuerda a un cura muy querido por la parroquia. Al frente queda la entrada a las dependencias monacales y a su patio. Un poco a la izquierda emerge el nártex que da acceso al templo, en cuyo exterior destaca una imponente torre con campanario (de casi finales del siglo XVIII), vecina del cementerio de 1911.
Y si se baja la vista, cuatro elementos van a llamar la atención, o mejor dicho, tres, porque uno pasa case inadvertido: dos bases de columnas y un sepulcro fechado en el siglo XI. ¿Y que pasa desapercibido? Pues una pequeña piedra, plana a la derecha de la entrada. ¿Carece de importancia? En absoluto, es la entrada a un túnel que conducía -dice la leyenda- a una picota que estaba casi en la cima del cerro próximo y por el que trasladaban a los reos. Ya en el exterior de ese complejo arquitectónico, otros dos elementos: un sagrado corazón y un crucero de bella factura levantado en el año 1787.
El Camino Inglés continúa unos pocos metros por el asfalto para girar inmediatamente por tierra a la derecha y pasar por debajo de la autopista. Ninguna complicación ni dificultad, y así se llega a un camino ancho, con eucaliptos y especies autóctonas, que va a marchar en paralelo a una autovía. Quince minutos después de arrancar desde San Martiño de Xubia, ese tramo llega a su fin y a algo más de dos kilómetros del cenobio aparece antes los ojos del peregrino Outeiro de Xubia, un molino de marea. El corredor que procede recorrer se define con justicia uno de los tramos más entrañables del Camino Inglés, de esos que se fijan en la retina.
La ruta jacobea va a ir pegada a la orilla y por una zona verde agradable, gozosa y relajante, dirigiéndose hacia un puente que permite salvar el río Xubia y poner los pies en el concello de Neda, muy famoso por su pan. El albergue, prácticamente en la costa es el punto final de esa primera etapa.

Neda - Pontedeume

Albergue de Pontedeume


Partir de Neda es una opción para quien quiera hacer el Camino Inglés, no solo porque dista más del centenar de kilómetros exigidos para hacerse con la ansiada Compostela, sino también porque fue el puerto histórico de desembarco de peregrinos procedentes del norte de Europa y contó con un hospital bajo la advocación del Espíritu Santo, del que se conservan restos. Lo que si está, a pesar del trabajo de los desbordamientos del Belelle y el Xubia, es el puerto, hoy de pequeño calado y convertido en un lugar pintoresco.
Si el peregrino durmió en el albergue, al salir deberá visitar la gran iglesia de Santa Maria, de un generoso barroco del siglo XVIII, con un crucero de finales del siglo XIX. En el propio templo, está el Cristo de la Cadena, del que se afirma que procede de Inglaterra. A partir de ahí y tras cruzar el Belelle, espera la preciosa rúa Real. En esta calle, la primera parada la encuentras a pocos metros: la iglesia de San Nicolás gótica del siglo XV. En cualquier caso, a partir de esa rúa Real, tradicional, el Camino Inglés busca salida del núcleo urbano, cruza la carretera general y comienza un pequeño ascenso por pistas prácticamente sin tráfico. El peregrino va a ganar un poco de altura -cuesta corta pero fuerte- y luego va a ir por territorio llano, en la medida en que esto se puede aplicar a Galicia. Esto va a permitir contemplar la ría de Ferrol y la propia ciudad, con el monasterio de San Martiño de Xubia en el otro margen, justo donde acaba la vía del tren. Algunos topónimos llaman la atención, como Sartego y como Gunduriz, inequívocamente germánicos, pero el peregrino no se desvía de su ruta y va dirección a un lavadero que permite refrescarse antes de descender y entrar en el municipio de Fene, donde se encuentra otro lavadero (este de 1957) y cruzar la carretera principal que une la capital de ese ayuntamiento con Ferrol por un lado y Betanzos y A Coruña por la otra.
Setecientos metros más adelante, las calles quedan atrás para entrar en la parroquia de Perlío por una pista cada vez más estrecha y muy escasa de tráfico, por suerte para quien recorre el Camino Inglés. Hay un tercer lavadero cruzando la aldea de Mundín y a la salida de esta un marco invita a meterse por un camino de tierra que va ganando altura hasta una zona industria que se bordea buscando siempre caminos de herradura. Se llega a arriba, la expresión de los alpinistas y montañeros es “hacer cumbre” no es muy apropiada aquí, puesto que se trata de montañas muy viejas y de escasa altura. A partir de ese punto superior invita a descender, buscando en primer lugar, el municipio de Cabanas. En efecto, no queda más subida, al contrario, hay que descender hasta el nivel del mar y como paño de fondo, ante nuestro ojos, un monte totalmente redondeado que figura en los mapas como Breamo. A sus pies se extiende una localidad. No llama la atención los colores de sus edificios, sino el gris del granito y el blanco de la multitud de paredes exteriores. Esa localidad cada vez más próxima es Pontedeume, topónimo que lo explica todo. Y, desde el medievo, un enorme puente que une los dos márgenes. Curiosidad: en el medio abría sus puertas un hospital de peregrinos. Esa obra no se conserva, y en el XIX fue sustituida por un puente de madera que es antecesor de la actual, la cual mantiene cierta semejanza con la primera.

Pontedeume


En efecto, de ese modo, cruzando el puente, se llega a Pontedeume. La villa reclama una visita detenida puesto que es un auténtico museo artístico al aire libre. Por citar un par de ejemplo que el peregrino debe visitar, ahí está la iglesia de Santiago en la parte más alta y su torreón medieval en la más baja. En otros tiempos, este formaba parte del gran palacio de la todopoderosa familia de los Andrade, un edificio que desapareció en los años treinta del siglo pasado. Hoy en día la visita a este resto medieval en perfecto estado resulta altamente recomendada. No solo para admirar su magnífico escudo (no estaba ahí originalmente, es de la Edad Moderna) sino porque en el bajo espera una bien abastecida oficina de turismo. En el primer y segundo piso, el centro de interpretación de la casa de Andrade -con una maqueta de como era antes el pazo- y en el tercer piso una sala de exposiciones de gravados. Si hay suerte y el tiempo ayuda, es posible visitar la parte superior, desde la que se tiene una panorámica magnífica de todo Pontedeume (abstenerse persona con vértigo y mucho cuidado con los menores) La entrada -excepto, lógicamente, la oficina de turismo- cuesta un euro para los más pequeños y dos para los adultos. El albergue queda a la sombra de ese torreón, en un edificio también histórico, bajo y ante el final del río Eume, marcado este por su paso bajo el puente azul de la vía férrea.
La mejor definición de esta etapa? Un paseo, si bajar siempre es más problemático que subir, esta vez no es así, no van a sufrir las rodillas ni los tobillos.

Pontedeume - Betanzos

Albergue de Betanzos


Si el peregrino no durmió en Pontedeume, al cruza el puente va a seguir de frente, para entrar en el núcleo urbano, por donde recorrerá todo su casco histórico y va a ascenderá por la rúa Real. Si pasó ahí la noche, vería esa vía cuando llegó el día anterior.
Espera una subida, es muy larga. Si hasta ahora todo fue suave, rampa arriba, suave rampa abajo, ahora la recomendación es tomarlo con calma. Primero para gozar de ese tesoro granítico con soportales y de la fachada de la Casa Consistorial, dejando a la izquierda (fuera de la vista) el convento de los Agustinos, hoy centro cultural vecino de unos jardines idóneos para descansar y coger fuerzas. Al final de esa rúa Real sería imperdonable no visitar la iglesia parroquial si no se hizo el día anterior. Se trata de un templo puesto bajo la advocación de Santiago, justo al pie del monte Breamo cuya cima el Camino obvia.
Cuando se llega arriba de todo, espera un tramo corto y llano para empezar el descenso. Zona verde donde las haya, cariñosa y muy fácil de recorrer con pausa, un tramo para gozar. Se abandona así el núcleo urbano y por una pista muy estrecha se recorre 300 metros con eucaliptos como compañía. Unos minutos después aparece ante los ojos una pequeña área recreativa con tres mesas y bancos y un lavadero rehabilitado, un lugar diseñado para hacer una parada.
Buiña es el nombre de la siguiente aldea, ya en descenso. A la derecha va a quedar un bonito bosque donde crecen pinos, pero también robles, este es, quizás, el árbol que más se identifica con Galicia. Esa va a ser la tónica hasta alcanzar la autopista, que se salva por debajo.
Nuevo toque de atención porque justo ahí comienza otra subida ciertamente dura pero corta. Se trata de una zona de monte y este si que es un recorrido en soledad, en el medio de un bosque de repoblación de pinos agradable. Atrás se pierde a lo lejos la aldea de Viadeiro, donde curiosamente hay un banco a la entrada y además, una parada de autobús que ya acogió a numerosos peregrinos cuando les sorprendió la lluvia. Aquello que se subió hay que descenderlo. Un poco más adelante con pendiente muy acentuada, sombra, dibujando una ese.
Vienen ahora dos sorpresas encadenadas: una artística, la otra natural. La primera es un puente medieval mandado construir por Fernán Pérez de Andrade, que pasó a la historia con el sobrenombre de “o Boo”, este es el puente Baxoi. La segunda la definen unas marismas de un gran valor ecológico, con la gran playa de Miño alejándolas de un Atlántico que aquí es habitual que esté más calmado que en otras partes.
El Camino cruza la localidad de Miño por el centro, por una calle tranquila. Que va a invitar al descenso para acabar en Ponche do Porco a nivel del mar. En efecto, en esta pequeña localidad hay un jardín minúsculo con un jabalí pétreo. Y es que una vez más procede volver a citar a los Andrade: sus símbolos eran precisamente un jabalí y un oso.

Albergue de Miño


El puente que tiene ante sus ojos el peregrino fue inaugurado por la reina Isabel II en el siglo XIX. Detrás de el, pero en lo alto del monte, fue levantada la iglesia románica de San Pantaleón das Viñas, que sigue sorprendiendo al peregrino.
Pista estrecha de asfalto que marcha en paralelo a la ría de Betanzos, definida esta, no solo por la entrega al mar del río Mandeo, sino también por los enormes aluviones que la corriente fue arrastrando. No es posible olvidar la visita a las pequeñas ruinas de una capilla, la de San Paio. Quedan pocos metros hasta llegar a otro peso pesado del Camino Inglés: la impresionante iglesia de Tiobre, exhibición del románico -excepto su fachada- en la parte alta de una aldea que fue el embrión de Betanzos y se llama precisamente así, Betanzos o Vello.
La Antigua capital de una de las de por entonces siete provincias aparece ante nuestros ojos. En el núcleo urbano se entra por el santuario de simbólico e significativo nombre de A Nosa Señora do Camiño. Se trata de una de las no muy abundantes obras gallegas encuadradas en la sobriedad del neoclásico. Gran descenso por una preciosa calle para ganar el nivel del mar, cruza un puente, pasar por debajo de una de las puertas de la antigua muralla y advertir de que si hay algunas cuestas empinadas en el Camino Inglés, estas son las de Betanzos. El albergue fue abierto en un precioso edificio.

Betanzos - Hospital de Bruma

La salida de Betanzos define la etapa: primero hacia abajo en un trayecto contante y posteriormente cruzando el río Mandeo por un puente histórico hacia arriba. Ese puente es a Ponte Vella das Cascas (nombre que la cartografía histórica también recoge para la corriente), el cual ya aparece citado en un documento de 1200 y que, durante la guerra de Independencia, fue volada por las tropas de Napoleón.
En efecto, al dejarla de espaldas, el caminante se enfrenta a una subida que no es ciertamente cómoda. De manera que la primera recomendación de la etapa no puede ser otra que acometer ese tramo a paso lento.
A los 800 metros, sin aceras, se deja a la izquierda la Estación de Tratamiento de Agua Potable -con la silueta de un peregrino destacándose ante el cielo- y se entra en un eucaliptal, teniendo que hacer más adelante un pequeño zigzag entre eucaliptos de enorme porte y algunos pinos.
Un humilde banco sintió como se sentaban en el cientos de peregrinos a coger un poco de aliento. Es el kilómetro 2,4 y ya espera un bosquete de especies arbóreas autóctonas. Posteriormente la entrada en un pinar deja sitio a los eucaliptos al final y primera bajada desde a Ponte Vella das Cascas.
Es este un tramo cómodo que permite recuperar el ritmo cardíaco. En el kilómetro 4,3 se cruza una carretera dejando a mano izquierda un campo de futbol y, por pista ancha de tierra con sombra y firme irregular, el caminante tiene por compañero al tojo y en general, a los infinitos matices gallegos del color verde.
Ese tramo acaba en una carretera y un cartel avisa que se entra en un espacio Rede Natura 2000, aunque de un modo tangencial. El Camino Inglés recorre ahora un pequeño valle que da paso a una rampa al final, la cual conduce a la iglesia de Cos. En ese momento las piernas llevan 6,6 kilómetros desde la salida de Betanzos.
El Camino Inglés presenta en esa zona un diseño que quizás desoriente un poco, pero todo tiene su explicación: es el modo más directo y seguro de acometer un tramo de tierra de casi medio kilómetro, precioso y en bajada. A esto le sigue otro zigzag constante entre viviendas unifamiliares y que van ganando altura.
El campanario de una iglesia blanca sirve de referencia visual (se va a dejar a la derecha), mientras árboles frutales imprimen su carácter en un paisaje grato y suave. De esa forma y luego de otro tramo de tierra que agradecen los pies, el Camino Inglés entra en Presedo por la carretera DP-0105. Ahí abren sus puertas un albergue (al lado de la iglesia) y el mesón-museo Xente no Camiño, curioso lugar lleno de personalidad propia y parada habitual de peregrinos.
Un par de kilómetros más adelante está la iglesia vieja de San Paio. En el medio, tramo de tierra excepcional y tramo de asfalto por pista casi sin circulación alguna. Cerca de ese templo, una casa de comidas.
El camino se desvía a la derecha, en ese punto fue construida una gran fuente, como queriendo avisar que refrescarse constituye una interesante opción porque ante los ojos espera la mayor cuesta de toda esta ruta jacobea. A la izquierda, dejas el nuevo santuario de San Paio, sin interés artístico pero buena referencia visual. Segunda recomendación, similar a la primera: no se puede ir con prisa, sino que procede ir despacio porque la pendiente tira, y mucho. Ya en el alto, nueva sorpresa: un crucero que los peregrinos convirtieron un lugar donde depositan un objeto. Que tipo de objeto? Pues los hay de tantas clases que su relación resulta imposible. Llama la atención las camisetas y las gorras, así como las fotos y las postales.
Toca ir 400 metros al lado de la autovía, pero no se ve gracias a un muro vegetal. Se cruza por un puente y el asfalto invita a subir.
A los 2,1 kilómetros del crucero, el desvío aparecer a la izquierda. Con todo, a mano contraria fue colocado un cartel que interesará a los amigos de la arqueología: por ahí se va a Castromaior, un yacimiento prehistórico sin excavar.
1,7 kilómetros más adelante, un curioso edificio fue aprovechado para informar que quedan 3 kilómetros a Hospital de Bruma y por unión, al albergue. Todo va a ser llano ahora y tras un trozo de tierra aparece ante los ojos una granja. En frente a ella, un hito que se convierte en el punto donde se junta esta rama del Camino Inglés que procede de Ferrol, con la otra que procede de A Coruña.
La meta del día está muy próxima, pero la ruta aún depara otra sorpresa: un tramo relativamente largo por el medio de un bosque muy agradable de cruzar y que acaba ya en las proximidades de Hospital de Bruma. Ahí espera un albergue cuya estética todos los peregrinos alaban.

Hospital de Bruma - Sigüeiro

La salida de Bruma, que es esa pequeña localidad, que está a 425 metros al nivel de las olas, se lleva a cabo enfilando al sur con ligera inclinación al oeste y dejando a la izquierda el moderno bar -el otro punto de encuentro de los peregrinos junto con el albergue- y la pequeña y entrañable parroquial puesta bajo la advocación de San Lourenzo.
Perderse no entra dentro de lo posible, puesto que la señalización es buena y a los 700 metros un hito ya le indica al peregrino que restan poco más de 40 kilómetros hasta el sepulcro del Apóstol. No hay ni subidas ni bajadas significativas en la hora siguiente, hasta internarse por un bosque con suave descenso, de manera que la comodidad en el caminas va a ser una característica de este tramo.
Tres kilómetros justo después del albergue el peregrino se encuentra en San Pedro de Ardemil, una parroquia muy poblada con una iglesia sobria y en excelente estado que va a quedar a la izquierda, 400 metros antes de un bar y con unas piedras que sirven de banco para recuperar un poco el ritmo. Cometido similar cumple un banco situado a 1,9 kilómetros, pasado el cartel de Mámoas. Y 300 metros más lejos de ese banco, el peregrino agradece que el Camino Inglés tenga firme de tierra: se aparta a la derecha con suave ascenso entre pinos (pronto baja) y por lo tanto, con sombra.
Se trata de un tramo caracterizado por sus múltiples cruces, convenientemente bien señalizados. En la carretera de nuevo, llegaremos a otra parroquia, Buscás, con una casa de turismo rural, un bar y un crucero situado en el alto de una base con muchos escalones. Frente a todos ellos, un parque infantil.
Doscientos metros después de la iglesia, en la bifurcación que va a la izquierda, se continua todo recto y se acomete el suave descenso que lleva a las casa de Vilariño. A 1,2 kilómetros del templo, el peregrino va a girar en ángulo recto a la izquierda para penetrar en una pista de tierra mediante un puente salva un río y invita a no seguir de frente, sino a bordear la corriente ganando altura de hecho gradual. Como es lógico, en época de lluvias esa parte baja puede ser habitual que ofrezca alguna dificultad, pero en absoluto imposible de salvar.
Un poco más adelante se va a cruzar por un túnel una carretera ancha y con tráfico (si vas a la derecha conduce a Ordes, con todos los servicios, pero a más de una hora de camino), para luego girar a la izquierda por tierra a inmediatamente después a la derecha. Un tramo salvaje que deja a la derecha la rectorar de Poulo, que así se llama esta parroquia y una casa de turismo rural. Un túnel de árboles va a delimitar la iglesia local y el Camino, que se sale más adelante para juntarse con la pista, ancha, ya asfaltada y sin sombra, que a su vez conduce a Rúa tras 1,3 kilómetros.
A la salida de Rúa, a la izquierda y luego a la derecha está la capilla de Nosa Señora da Mercé. Así se llega al siguiente punto digno de ser mencionado: el cruce de la carretera DP-8802, que exige, como siempre en estos casos, prudencia. Luego se continúa todo recto para meterse en un camino de tierra, novecientos metros más allá de ese cruce, ahora con pinos como compañía y cien metros más adelante hay que coger el desvío a la derecha, ancho, cómodo y llano. Otros doscientos metros más y el peregrino sigue recto por un auténtico túnel de árboles.
Nuevo tramo por la carretera para desviarse a la izquierda por tierra donde el marco así lo indica, unos cientos de metros muy agradables que van a ir al final, en paralelo a un río. Posteriormente hay que cruzarlo por un puente ancho y más adelante, a 250 metros se desvía a la derecha por tierra. Es este un camino estrecho que se ensancha y que va a ofrecer 500 metros muy tranquilos y en soledad, hasta que se llega a Carrás, una minúscula aldea.
Ahí el Camino Inglés sigue de frente, con un corto ascenso -400 metros- que pasará a formar parte de ese catálogo de sitios inolvidables que todo peregrino va elaborando paso a paso. Nada le indica que entra en el municipio de Oroso y tras suave descenso llega Baxoia y enfila dirección Sigüeiro. La entrada en este núcleo final es otra de las maravillas del Camino Inglés. Nadie afirmaría que es larga, desde luego, pero si que resulta impresionante, porque llega a las proximidades del colegio llamado precisamente así, Camiño Inglés, y girará a la izquierda para penetrar en un parque mitad salvaje, mitad urbano, conocido como O Carboeiro, ya que ese es el nombre del río que le da vida. Un bosque oculta la villa y se abre un poco después de que el peregrino pase por el histórico puente de a Ulloa, de ese modo se denominaba antiguamente esa amplia zona. Y es muy probable que ese puente tan humilde como bonito, viese pasar entre otros mucho, al emperador Carlos I de España y V de Alemania en 1520.
Sigue el Camino Inglés siendo de tierra. A su izquierda queda la piscina municipal (donde en el periodo estival funciona también un Punto de Información del Camino Inglés) y el centro de salud, para ganar la plaza del Concello. El único inconveniente para el peregrino es que Sigüeiro no fue abierto por ahora ningún albergue público, aunque si que tiene oferta privada.

Sigüeiro - Santiago de Compostela

El núcleo urbano de Sigüeiro que hoy vive un impulso y que alberga el único Centro de Estudos e Investigación do Camiño Inglés (CEICI) del mundo, nació y creció gracias al puente medieval que aún se mantiene en pie y que presta un, por ahora insustituible servicio por el que pasan millares de coche cada día, ya que es es el punto de unión con el ayuntamiento de Santiago.
Los cambios que sufrió en su plataforma en el siglo XX, impiden contemplarlo en toda su magnitud y hasta grandiosidad, así que lo mejor es descender por las escaleras que empiezan a la izquierda con el fin de contemplar toda esa obra en granito con sus estupendos tajamares.
Arriba de nuevo, se cruza el puente y a los veinte metros se gira en ángulo recto a la izquierda, por una pista de asfalto estrecha (precaución: al principio carece de márgenes de tierra y de carreteras) y así se gana en cinco minutos la iglesia de Barciela, un edificio de inicios del siglo XX (1917) en muy buen estado y que debemos dejar a la izquierda. Porque ese es el inicio de una pista ancha de tierra cuya única dificultad estriba en la pendiente, que tira lo suyo. A la derecha va a ir quedando un muro que constituye toda una pequeña obra de arte y que se abandona cuando no queda otro remedio que cruzar una carretera que tiene tráfico habitualmente, puesto que comunica Sigüeiro con el aeropuerto compostelano de Lavacolla, la carretera que está a 900 metros de la mencionada iglesia. Sin ánimo de ser reiterativos, se recomienda precaución, sobre todo si es un día de niebla y por supuesto, si el sol ya se puso.
Se continúa la subida por una pista ancha, de tierra y cómoda de caminar, haciendo constar que la pendiente aumenta hasta que se lleva en las piernas medio kilómetro desde el cruce de la carretera. Antes, a los poco metros de esta última, aparece otra pista a la izquierda que bordea una vivienda, pero esta pista no se coge, por lo cual hay que seguir ascendiendo. Vienen luego varios cruces perfectamente señalizados, siempre sin cambiar el tipo de terreno ni el contorno, por el medio de un bosque de pinos que se agradece mucho en el verano. Pero precisamente por eso, porque hay cruces, hay que atentos a los mojones en días de escasa visibilidad o por la noche: no resulta imposible despistarse.
De manera que, tras tener que andar por un terreno llano 1’3 kilómetros, toca bajar, como sucede una y otra vez en las etapas gallegas de cualquier Camino de Santiago. A los 500 metros de descenso aparece ante la vista, por la derecha, la autovía. Ahora los robles sustituyen a los pinos y otro medio kilómetro más adelante el Camino va a marchar en paralelo, a esa vía de alta capacidad, un pequeño tramo. Y la va a cruzar 200 metros más allá, por un túnel que va a dar acceso al asfalto y a una zona de viviendas unifamiliares.
Ahora es la carretera nacional la que va a marchar en paralelo a la ruta jacobea, sin que apenas se divise y sin que moleste el ruido. A 1’3 kilómetros, después de cruzar la carretera, por el túnel, el peregrino se encuentra una gran área recreativa que incluye juegos para los más pequeños y bancos, así como un crucero. Es Agualada, un lugar ideal para un primer descanso, muy próximo a la iglesia homónima, que está a la vista, un templo sencillo con dos animales pétreos y terroríficos flanqueando su puerta.
Viene a continuación un minúsculo tramo pegado al asfalto, para dejar este sobre las cabezas y cruzarlo por un túnel, con un desvío a escasa distancia, que girará a la izquierda por una pista de tierra que va a dar a las casa de Vilasuso. Si se mira a la derecha, a los veinte metros empieza una pista a la izquierda dejando un otero a mano contraria. Esa es una aldea prehistórica, un castro, sin escavar, pero con sus magníficas murallas al descubierto, una experiencia. Aquí aparecen dos posibilidades, una es hacer caso a los mojones, con una ventaja y un inconveniente: la primera es que se acorta un kilómetros, una subida y se cruza un pequeño y bonito bosque autóctono; la segunda es, que el paisaje no es tan bonito y además, espera un pequeño tramo por la carretera nacional.
Si se elige la segunda, bordearás el castro. En el siguiente cruce a la derecha, para luego pasar bajo la vía del tren (ahí vuelve a haber hitos) y comienza a subir. Arriba, una pequeña zona de descanso que nadie desprecia. Ventajas? Bonito paisaje de monte, más tranquilidad, ausencia de vehículos. Desventajas? El kilómetro que se recorre de más y la pendiente.
Si vas muy cansado o con cierta y relativa prisa, mejor la primera opción. Sino, la segunda. Uno y otro ramal confluyen a la entrada de una zona industrial, el polígono del Tambre, que se cruza para bordear el viejo cementerio de Boisaca y entrar en territorio urbano. A la izquierda se levantó la capilla de San Caetano y detrás de ella el gran complejo del mismo nombre, sede principal de la Xunta de Galicia y en otros tiempos instalaciones militares. Solo queda continuar todo recto para poner los pies en el casco histórico por la Porta da Pena, hoy inexistente y en su día una de las que interrumpían la muralla que rodeaba una ciudad Patrimonio de la Humanidad.

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